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Miércoles 22 de Julio de 2026

Alto Porma; Nombres peña de la Vega


La peña de la Vega, mira, por su cara sur, a las ruinas de lo que fue el antiguo pueblo de Lodares en el alto Porma. Con ese nombre aparece en todos los documentos escritos y gráficos de los últimos tiempos, aunque en el caso de los planos, también puede verse con el de peña de Armada.

En el momento de la desaparición de los ocho pueblos bajo las aguas del embalse (1968), se la conocía con tres nombres. A saber: peña de la Vega, Solapeña, y peña de Armada.Con el primero la conocían, principalmente, las gentes de Lodares y  Vegamián, quienes la mirábamos por su cara sur. Por la cara norte lo hacían los de Armada que la llamaban Solapeña. En cambio, los pueblos del cuarto de arriba que la miraban por esa misma cara, la llamaban y la llaman, peña de Armada. 

Conozco estos nombres desde niño y los revisé con posterioridad con gentes de mayor edad de todos de cada uno de los pueblos bajo el agua, precisamente para recoger en la web 'amigosdelamontañadelporma.es' todos los toponimos posibles de los ocho pueblos. Entre esos toponimos estaba la peña de la Vega. Me hablaron de su nombre y me  transmitieron historias vividas en ella o relacionadas con ella qué, con la construcción del pantano, han quedado postergados en el pozo de los los tiempos.

Así, la centenaria Rosa de la Fuente, Lodares 1926, recuerda que ella siempre la oyó nombrar así, peña de la Vega. Que nunca oyó hablar de esos nombres raros que cuentan los libros.  “Nunca escuché esos nombres” y recuerda muy bien cuando iba a cuidar de la vecera de los bueyes en la falda de la peña. “Lo peor era al regresar a casa y descubrir que tal o cual animal no había vuelto con el resto. “Había que volver a buscarla al otro lado de la collada, a los praos de Armada. ¡No me voy a acordar de la peña de la Vega!”.

Ángel del Río, Vegamián 1930, tampoco recuerda oír otro nombre. “Para los de Vegamián y los de Lodares, siempre fue la peña de la Vega. La vecera de las  cabras de ambos pueblos estaban allí todo el verano solas. Recuerdo verlas bajar por los Campicios a beber al río todos los días a última hora de la tarde. Esa imagen la tengo presente como si fuera ahora. Haces bien en escribir ese papel, los nombres antiguos hay que respetarlos, es nuestra historia, si desaparece eso ya no nos queda nada. 

Modesto  Rodríguez, Armada 1940.  “A esa peña nosotros la conocíamos como Solapeña. En lo más alto de ella había un árbol de hoja perenne al que llamábamos Urbano. Resulta qué, en invierno, se cargaba de nieve. Cuando sus ramas no podían más, la soltaba para caer al vacío haciendo un estruendo impresionante; ya está Urbano tirando nieve, decíamos los guajes”.

Neli Liebana (Lodares 1934) Nos dice de la peña:  “Yo nombres de ella solamente conocí uno, peña de la Vega. Historias, más de una, aunque la que más recuerdo es la de Jesús Q.e.p.d., mi marido, cuándo, siendo niño, lo bajaron atado de una soga a una especie de sima que parece ser existe bajo las frías y recuperar una cabra que había quedado allí despeñada. Esos nombres que dices nunca los oí mentar”. 

Alfredo Noriega (Orones 1933) me contó recientemente: “Peña de la Vega la llamaban los de Lodares. Por este lado de acá, los de Armada la llamaban Solapeña, sin más. El resto de pueblos de aquí para arriba, la conocíamos como peña de Armada. Yo lo sé bien porque me toco ir a cuidar muchas veces de la vecera de los corderos de Armada y conocía bien los nombres y los lindes. ¿De los carteles? No hay que hacer caso, la mitad es mentira porque los hacen sin preguntar, copiando uno los errores del otro”.

Sara González, Lodares 1941,  “Yo nunca oí otros nombre que no fuera peña de la Vega. “Recuerdos: miles. Como no iba a tenerlos si me tocó muchas veces ir con el carro a cargar los cajicos de roble a las Paras y, con las vacas,  a la  tierra de las Senaras, ya en la linde con Vegamián. Además, los de Lodares la mirábamos a todas las horas porque era nuestro reloj. Para echar las veceras, para volver a casa con ellas, para lo que fuese, mirábamos para las frías y por las sombras sabíamos la hora porque reloj no teníamos.

Pero la Peña de la Vega tenía una leyenda local que advertía de su difícil acceso para las personas y, también, para muchos animales, tanto, que ni el lobo se atrevía a entrar en ella, razón por la que dejaban al rebaño de cabras pastando allí solas durante dos meses. Pero como pasa con todo, había quién conocía hechos que restaban credibilidad a la leyenda.

Julio Diez Q.e.p.d.,  (Lodares 1916) me contó en una ocasión: “recuerdo un invierno de aquellos que nunca terminaba y dejaba la tenada vacía a causa de las nevadas, cuando una mujer del pueblo subía a lo más alto de ella para bajar un saco de hierba para sus vacas encerradas en la cuadra. Quia, esa peña mis agüelos y bisabagüelos ya la llamaba así”.

Ramón Rodriguez (Puebla de Lillo 1939) también duda de esa leyenda. “Yo nunca subí ahí y, lo del lobo no lo había oído, pero si te digo qué, cuando yo estuve a cargo del ganado en Lodares, echamos en falta una vaca del valle de Aller. Había pasado casi un mes de eso, cuando me avisaron que desde el lado de Armada habían visto a un animal grande en lo más alto de la peña. Con los anteojos, efectivamente,  la localicé. Avisé al amo que se puso más contento que Dios y vino a por ella. ¿De difícil acceso? No lo sé, pero él subió y bajó  la vaca y una cría por el frente de Lodares. ¿Lo de los nombres? Lo que recordamos los mayores, los jóvenes ni los conocen ni los quieren conocer”. 

      Es una realidad innegable qué, con la construcción del pantano, se ha perdido la mayor parte de la toponimia del valle, no solo el de la peña de la Vega. Nombres de parajes, caminos, fuentes, etc. han quedado en los más hondo para siempre. Si acaso se salvan algunas zonas por encima de la cota máxima de embalse y alguna de las peñas que los circundan.

Así, si un día vas por allí a perderte por aquellos valles, te encontrarás con algún excursionista que te comenta que baja de la peña de San Pedro, mientras apunta con su bastón telescópico al  Peñaruelo. Y tú, que conoces perfectamente el nombre de esa peña, eres incapaz de guardar silencio para decirle que tire el mapa que le guía porque ese nombre, ese topónimo, es incorrecto, que tú lo conoces bien por haber nacido a su lado y haberlo aprendido el primer día que abriste los ojos.

 Pero eso no es lo más, digamos, alarmante, ni lo que motiva este artículo. Viene de   lejos  cuando los mapas editados que pagamos todos, también los confunden. Esta   primavera ha aparecido nada más cruzar la colladina, en Arianes, un mural de esos,  mostrándonos de costado la peña de la Vega con el nombre de peña de Armada. Bueno.   ¿Y qué pasa con ese mural?.  Que está mal, rematadamente mal. En la rotulación ya no   es que confundan el nombre de la peña de la Vega, que también, es qué, además, la   cambian de sitio añadiendo información complementaria errónea sobre ella. La Peña de la Vega en ese mural queda situada (ver foto) en el calizo que hay en mitad de la cresta que va de la Colladina a la peña, con 1208 m de altitud, es decir, también la han desmochado para quitarle unos doscientos cincuenta metros. No parece aceptable.

La desaparición física de los pueblos hace más necesario si cabe que se mantengan esos nombres heredados de nuestros mayores. Si desaparecen esos topónimos también, desaparecerá una parte de nuestra memoria como afirma Angel del Río. Para muchos la fotografía de esa peña como la de cualquier otra,  puede suponer muchas cosas; puede traerle recuerdos y despertar sentimientos más allá de lo tangible. El nombre de las peñas, de todas las peñas, no los pusieron los mapas, ni los murales, ni los turistas, sino las generaciones que los cuidaron y los patearon  muchas veces. Así, la toponimia es una herencia histórica y esas fotografías, esos murales, esos mapas que costeamos todos, deberían corregirse y encaramar esa herencia, nunca invertarla o sustituirla.