
El cementerio de Lodares ha estado esta víspera de Todos los Santos en boca del personal, y no precisamente por ser uno de los conjuntos monumentales más respetado o considerado de nuestra montaña. No. ¿Cuál fue el motivo entonces? Pues el resurgir de entre las ruinas del pueblo, sus muros de cerramiento, devastados hace ahora 57 años, a causa de la construcción del embalse del Porma, cuando, inexplicablemente, la Confederación Hidrográfica del Duero los demolió.
Tras múltiples y constantes reclamaciones de la Asociación Amigos de la Montaña del Porma, la CHD, por fin, decidió ahora reconstruirlos con la misma piedra que los habían levantado nuestros ancestros hace casi dos siglos.
Así, el pasado 31 de octubre tuvo lugar el acto de inauguración en presencia de medio centenar de lodarenses que, en una mañana lluviosa, asistimos al responso que Don Patricio ofreció, del que al día siguiente se hicieron eco la mayoría de los periódicos de la provincia, en analógico y en digital.
El antiguo cementerio que conocimos y en el que descansan muchos de nuestros antepasados más cercanos, había sido construido por la Junta vecinal de Lodares en 1838, después de que el anterior sufriese filtraciones constantes de agua. El documento firmado a tal efecto el treinta y uno de enero de aquel año, dice literalmente: “en el antiguo cementerio del Villarín, donde se enterraban todos los cadáveres que han sucedido hasta esta fecha, a principiado a filtrarse agua de manera excesiva, por lo que acuerdan construir otro para el que acarrearon los materiales necesarios todos los vecinos”.
El lugar elegido para esa obra nueva, fue el espacio existente entre la rectoral y la iglesia, teniendo su acceso por el pórtico.
Alguno de nuestros mayores todavía recuerda perfectamente la zonificación del mismo. En el rectángulo formado a la izqda., entrando desde el pórtico, lindando con la iglesia, enterraban a los curas que habían sido párrocos de Lodares. Por nombrar dos de los más conocidos que allí están enterrados, lo haremos con don Lorenzo González Hurtado, natural de Vegamián y don Daniel Reyero Fernández, natural de Valdecastillo. El resto del espacio, a excepción del rectángulo pequeño al frente, a la drcha. que estaba reservado para el enterramiento de niños, era para el resto.
El cementerio fue clausurado con fecha diecinueve de febrero de mil novecientos sesenta y tres, aunque con posterioridad hubo algún enterramiento antes de desaparecer el pueblo.
El único cambio hecho en el cerramiento actual con el fin de facilitar el acceso, ha sido la puerta de entrada, que ahora mira al Peñaruelo.
Cierto es, esta restitución debió quedar hecha hace años. Pero ya se sabe, “las cosas de palacio van despacio”. El problema está solucionado por parte de la Confederación y, en mi modesta opinión, de la mejor y única manera posible, por lo que todos podemos sentirnos orgullosos de ello.