Amigos de la Montaña del Porma

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Jueves 9 de Agosto de 2012

La cabra Nodriza


No fue una loba, fue una cabra. No ocurrió en el Tiber, fue en el Porma. No lo dejaron en una canasta para que lo llevara el agua, lo arroparon en familia dentro de su cuna de madera. No ocurrió setecientos años a.c., fue en el primer cuarto del siglo pasado. No fueron iguales causas, pero supieron buscar en la medida de sus posibles, sacarlo adelante, y bien que lo consiguieron.

En una familia de uno de los pueblos desaparecidos bajo las aguas del embalse de Vegamián, en el momento del parto del último de los hijos, la fatalidad hizo que la madre falleciese. Eran tiempos donde los niños nacían en casa, vigilados en el parto por alguna mujer del lugar, habilidosa en estas lides, aunque carente de formación sanitaria. No había recursos económicos y tampoco los creían imprescindibles. Eran tiempos duros, tanto qué hasta el sufrimiento estaba bien visto; tiempos de veceras, de ganarse el pan a base de empuñar el astil de la guadaña en jornadas interminables, de las leyes no escritas aplicadas en concejo, de sobrevivir con lo que había y por ello dar gracias mirando al cielo.

La decisión familiar, consensuada para alimentar a la criatura, fue acertada: seleccionaron la mejor cabra de la vecera que pacía por los montes de Lodares, adoptando ésta de inmediato su papel de nodriza. El animal, de nombre Lozana, tenia permitido por las leyes del concejo, comer allí donde se le antojaba, siempre cerca de casa, en los mejores huertos, huertas y rastrojeras, embutiendo las mejores hierbas, berzas y todo cuanto le venía en gana, para volver al pueblo con puntualidad milimétrica y dar de mamar al niño en una quietud sobrecogedora y, oí contar en casa, que tan siquiera los perros la ladraban.

Lozana y los viejos saberes, hicieron posible que el bebé creciera sano y fuerte, para seguir entre nosotros a punto de cumplir los noventa, agradecido a un pueblo que, aun no siendo el suyo, siempre le dio cariño, y agradecido a la vida a pesar de haberle robado a tan temprana edad lo que más necesitaba, el calor y el amor de su madre.

El haber desaparecido de raíz todo cuanto cobijaba estos sucedidos de la vida cotidiana en nuestros pueblos, hace que hechos como éste hayan quedado en el más absoluto de los olvidos.