Amigos de la Montaña del Porma

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Sábado 13 de Agosto de 2011

Cuidarla, es lo único que nos queda


Volvió el agüelo (que también es bisa) al Gamonal, como todos los veranos, para saludar a los que hace muchos años fueron sus vecinos y celebrar juntos la fiesta de la Divina Pastora, donde le entregaron, delante de ella, la placa conmemorativa, porque ya tiene años a esgaya.

Una de sus acompañantes este año, era su avispada biznieta, a la que quiso enseñar lo que un día fue su pueblo,  lleno de vida, aunque ahora cueste creerlo para quien no lo conoció.

Desde la era más alta del Gamonal, le fue señalando con la porraca los sitios exactos: mira, aquella era nuestra casa; allí estaba la escuela; aquello, donde la piedrina blanca, era la iglesia, que tenía su campanario de dos campanas y gallo de veleta y, junto a ella, el cementerio, donde descansan los muertos.

Le habló de la fuente de arriba, de la del medio, de los hórreos donde se guardaba la cebada para protegerla de los ratones; de aquellas grandes nevadas que obligaban a espalar casi todos los días a golpe tañido de campana, para que los guajes pudieran ir a la escuela montados en las madreñas con tarucos.

Le señaló para la collada Reyero, y le habló del Follo y del Baizuelo,  de la fuente del vino blanco, del piornal y del chozo anexo de los corrales donde guardaban por la noche las novillas y, en el que él, siendo todavía un niño, dormía por la noche en un camastro de tablas y escobas, para despertarse asustado con el cercano aullar de los lobos.

Le apuntó hacia el peñaruelo para hablarle de aquella cruz en la que los de Lodares tenían depositada tanta fe, seguros de qué paraba las tormentas que asomaban amenazantes desde Pardomino, y de aquella collada de San Martino, donde el lobo le comía siempre la ovejina más guapa de la vecera.

Le apuntó a la peña de la Vega, que por atrás llaman de Armada, y se emocionó recordando aquella vez, cuando junto a su padre y otro paisanin del pueblo, tuvo que ir a rescatar tres cabras que habían caído despeñadas en una especie de sima, bajando atado de una soga hasta aquel lugar de nieves eternas donde ni las águilas se atrevían a entrar.

La rapazina, con los ojos  como platos, estaba desconcertada al oír hablar al ágüelo de aquella casa y de aquella escuela que no veía, de aquellas campanas que  no se oían, de aquella fuente que ya no estaba,  de aquel pueblo que han borrado del mapa.

El agüelo volvió a apoyarse en la porraca y caminó hasta delante de la Pastora con la niña de la mano, para decirle sin decir: ¡¡ cuidarla, es lo único que nos queda!!